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Todos nosotros pagamos por las promesas de los candidatos

El Tema: Debemos tener cuidado con las cosas que juran los políticos a cambio de nuestro voto.

A medida que las primarias electorales se acercan, las promesas se vuelven más abundantes que moscas en un chiquero. La principal candidata demócrata, Hillary Clinton, ya ha marcado una interesante pauta.

Considere esto, por ejemplo. Si la elegimos, la senadora promete otorgar 5 mil dólares en bonos a cada recién nacido para ayudarlos a comprar viviendas o entrar a la universidad en su futuro. Con el nacimiento de 4 millones de bebés al año, eso sale a 20 mil millones de dólares. Durante una presidencia de ocho años, el total sale a mucho dinero.

Como presidenta, la Sra. Clinton también promete sobornar a los estados con mil millones de dólares para forzar a las empresas a proporcionar siete días para tomar de descanso en caso de enfermedad a todo empleado. Peguémosle otros 8 mil millones de dólares a una doble presidencia.

Clinton también promete “expandir el acceso a cuidado infantil de alta calidad a buen precio”. Uno debe preguntarse cómo es posible tener acceso a cuidado infantil de alta calidad a buen precio. La respuesta: Con otro obsequio de casi mil millones de dólares.

Cada año.

No estamos seguros cuánto costará la promesa de la senadora de pagarle a padres de familia que trabajan para que reciban días con sueldo para quedarse con sus propios hijos en casa.

Pero ha prometido a familias de bajos ingresos que esto es posible por medio de “subsidios”.

También existe la promesa realizada por Clinton de un plan de ahorros de 20 mil millones de dólares al jubilarse los trabajadores, lo cual será pagado por (adivine quién) las personas que no reciben los beneficios de este programa. Como lo han dicho sus críticos, lo que Clinton creará es un programa en el que la recaudación de impuestos para reunir esos 20 mil millones de dólares en realidad dañará a las familias que menos dinero tienen.

Ésa es la idea, ahora que entramos a la temporada de promesas exageradas. Nadie recibe nada sin tener que pagar algún precio por ello.

No es que nos queramos ensañar en contra de la ex primera dama, pero ella es una de los candidatos principales que exhiben el más descarado estilo de campaña política, el cual tristemente solamente aumentará con el paso de los meses antes de la elección de noviembre próximo.

Ya sea que provengan de inspiración ideológica o que solamente sean intentos baratos para comprar votos, promesas de esta índole reducen nuestra república democrática a un circo tercermundista. Una vez que los candidatos entren en sus campañas a todo galope, compitiendo al jurar y perjurar que cumplirán con lo uno y lo otro, agárrese bien de su cartera.

Lo que anhelamos es ese tipo de promesas refrescantes que no cuestan ni un solo centavo, la que reducen la cantidad de dinero que proviene de Washington, en vez de la que lo aumenta.

Ojalá y los candidatos piensen bien lo que digan y realicen promesas, pero sensatas.


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